Las heridas abiertas de Bosnia-Herzegovina

Las consecuencias de la guerra en Bosnia no han terminado: “la mayoría de los jóvenes bosnios nos queremos marchar”. Alma, Anela y Srđan nos cuentan la realidad de un país todavía dividido. Los expertos nos explican qué pasó.

Unos familiares entierran a su ser querido, identificado en julio de 2010, quince años después de que fuera asesinado en Srebrenica, Bosnia-Herzegovina (autor: Alfons Rodríguez)

Unos familiares entierran a su ser querido, identificado en julio de 2010, quince años después de que fuera asesinado en Srebrenica, Bosnia-Herzegovina (autor: Alfons Rodríguez)

“Llegaban los féretros a cientos. La nave entera era un espacio de muerte y llanto. Yo observaba todo en silencio. Andaba lentamente de un sitio a otro, con el corazón en un puño. Vi a la familia llorar a su ser querido, levanté la cámara e hice varios disparos”.

Así cuenta la escena que preside este reportaje Alfons Rodríguez, un fotoperiodista español que ha cubierto conflictos en el Congo o Irak para medios como Geo Magazine. En esta ocasión, Rodríguez se encontraba en Bosnia-Herzegovina fotografiando el momento en el que una familia enterraba a su allegado, quince años después de que lo asesinaran en Srebrenica. La foto fue tomada en 2010, pero podría haberse repetido este mismo año. Aún quedan 2.000 víctimas que esperan una identificación y un entierro.

Srebrenica es, en la actualidad, una pequeña localidad situada al este de la entidad de la República de Srpska. Esta entidad, de mayoría serbia, es una de las dos regiones que conforman el Estado de Bosnia-Herzegovina. La otra mitad se llama también federación de Bosnia-Herzegovina y conviven mayoritariamente bosniacos y bosniocroatas. Bosnia es, por tanto, un Estado descentralizado con dos entidades políticas y tres nacionalidades.

Antes de la guerra acaecida en los años 90 no había entidades con siglas ni territorios con nombres duplicados. Hasta el año 1992 Bosnia-Herzegovina todavía era una de las seis repúblicas que, sumadas a dos territorios autónomos, formaban el conjunto de la República Federal Socialista de Yugoslavia.

Los cimientos que sostenían a Yugoslavia recaían en tres pilares: el mariscal Josip Broz ‘Tito’ como jefe de Estado, la Liga Comunista como herramienta de control político y el ejército federal como instrumento de disuasión ante disensiones internas o injerencias externas. Tras la muerte de Tito en 1980, el resto de pilares fueron cayendo como un castillo de naipes. El proceso de desintegración dejó cinco guerras entre 1991 y 2001. Kosovo, territorio cuya independencia ha sido reconocida por Estados Unidos o Francia pero no por España o Serbia, demuestra que el proceso todavía no está cerrado. Bosnia-Herzegovina, con un Estado paralizado entre entidades políticas, presidencias rotativas y una tasa de paro del 45 por ciento, lo corrobora.

¿Qué pasó?

FOTO 2: Vista panorámica de Sarajevo, en una foto reciente (autora: Alma Telibecirevic)

FOTO 2: Vista panorámica de Sarajevo, en una foto reciente (autora: Alma Telibecirevic)

 

Recién estrenada la primavera de 1991, Slobodan Milošević, presidente de Serbia, y Franjo Tudjman, su homólogo croata, se reunieron en la antigua casa de campo de Tito. Era un encuentro secreto, nadie podía saber que estaban a punto de repartirse un país que no era suyo, Bosnia-Herzegovina. La excusa: entre los más de cuatro millones de habitantes de Bosnia, el 31,3 por ciento eran serbobosnios y el 17,3 bosniocroatas. La mayoría, con un 43,7 por ciento, era de origen musulmán, también conocidos como bosniacos. Ningún gobierno occidental pareció interesarse por estos planes.

Milošević explicó a los serbios repartidos por Yugoslavia que anhelaba la gran Serbia. Ése fue el pretexto que utilizó para mantenerse en el poder. No obstante, en cuanto pudo se desentendió de los serbios de la Krajina, un territorio en zona croata. Milošević en realidad anhelaba un gran Milošević. Tudjman buscaba algo parecido.

Con Tito fallecido y los líderes eslovenos abandonando la Liga Comunista, apenas quedaban pilares que sostuvieran el Estado yugoslavo. Aun más, el último pilar, el ejército federal, se mostró ineficiente en el primer conflicto con Eslovenia. Este ejército, cuya cúpula estaba formada en su mayoría por serbios, contaba en su base con ciudadanos de todas las nacionalidades yugoslavas, con las consecuencias que esto puede conllevar a la hora de movilizar a croatas o eslovenos contra sus propios pueblos. En un momento en el que la URSS languidecía y Yugoslavia se encontraba sin pilares cohesionadores, la mayoría de líderes políticos de las repúblicas yugoslavas adoptaron una estrategia sencilla: agarrarse al nacionalismo para mantenerse en el poder e incitar el odio al vecino para ganar votos.

“Como en muchos otros Estados con una historia tan prolífica, Yugoslavia también tenía un pasado en el que algunos grupos  -no siempre étnicos- se habían enfrentado violentamente. Por lo tanto, era fácil instrumentalizar, por parte de los políticos, ciertos sentimientos de rechazo e incluso odio étnico apelando al pasado. De esta forma podían mantener el control político de su república, región, provincia…. Es decir, sustituyeron una ideología  -en la que todos habían participado-  que era el comunismo, por otra ideología   -que es el nacionalismo- con el objetivo de perpetuarse en el poder, basando su superioridad en mecanismos de mayorías y minorías, muy arbitrarios y con poco contenido identitario”. Así explica la deriva de los años 90 María José Pérez del Pozo, doctora en Ciencias de la Información y profesora de Relaciones Internacionales de Europa Central y Oriental en la Universidad Complutense de Madrid.

“El origen y la deriva fundamental de las guerras fue político-étnica más que religiosa. Insisto: las viejas elites comunistas se perpetuaron en el poder en las distintas repúblicas utilizando un nuevo discurso nacionalista. Ese era el objetivo. En el caso de los proyectos estatales con base étnica, como en Croacia o Serbia, se utilizó también el componente étnico para ‘territorializar’ el conflicto y justificar la limpieza étnica”, determina Pérez del Pozo.

Las guerras cubrieron la práctica totalidad de la década de los 90 y salpicaron a todas las repúblicas de la antigua república federal socialista. Bosnia, uno de los países más pobres de la región, se llevó la peor parte.

La guerra en Bosnia-Herzagovina fue un absoluto embrollo en el que los ejércitos de tres nacionalidades se mezclaron con paramilitares, voluntarios de extrema derecha, muyahidines, comunistas, grupos mafiosos y, en última instancia, la OTAN. Si ha existido un infierno en la tierra en los últimos años, ese fue Sarajevo, capital de Bosnia, donde los francotiradores sumaban más puntos si al que mataban era un niño.

En estas circunstancias, el 11 de julio de 1995 las tropas dirigidas por el general serbobosnio Ratko Mladić entraron en Srebrenica, un enclave que había sido declarado por Naciones Unidas como “seguro” y que se encontraba bajo la protección de 400 cascos azules holandeses. Su estatus de zona segura atrajo a más de 60.000 civiles que huían del conflicto. En menos de diez días las tropas de Mladić asesinaron a más de 8.000 personas en una operación de limpieza étnica.

La guerra duró en Bosnia algo más de tres años. Terminó en 1995 provocando 100.000 víctimas (las cifras oscilan entre 25.000 y 330.000, dependiendo de la fuente a la que se acuda). 1,8 millones de personas se convirtieron en desplazadas o refugiadas.

La diplomacia americana, después de varios intentos europeos, consiguió que las partes implicadas firmaran en Dayton, Estados Unidos, el final de la guerra en Bosnia-Herzegovina. Laja Destremau, politóloga del King’s College de Londres y especializada en el conflicto bosnio, explica así los acuerdos de Dayton: “fueron la única solución posible para poner fin al baño de sangre en Bosnia. El sistema político y el Estado que implantó es, sin embargo, completamente inviable. Hay tres presidentes (uno serbio, uno croata y uno bosniaco) que se turnan cada ocho meses, lo cual obviamente ha provocado un colapso político. No es posible hacer reformas. Además, esto refuerza los sentimientos nacionalistas que ya están de hecho muy presentes. El sistema está basado en una separación étnica (los niños en las escuelas están divididos, el ejercicio de la ley no trata a todos los ciudadanos por igual… Por ejemplo: solo las personas que procedan de una de estas tres etnias pueden presentarse a las elecciones). La paralización administrativa no fomenta que los políticos lleven a cabo reformas largamente esperadas, como las constitucionales. Reformar la Constitución requeriría que estos políticos renunciaran a algo de su poder. Por lo tanto los acuerdos de Dayton fueron necesarios en su momento y probablemente supusieron la única solución posible, pero actualmente son en parte responsables de la paralización política en la que vive Bosnia”.

“A pesar de que las tensiones pueden sentirse en algunas ocasiones, sería muy raro que resurgiera la violencia”, prosigue Destremau, “el futuro de la región está ligado a la Unión Europea y se han realizado muchos progresos en el país. No obstante, para alcanzar la reconciliación plena se necesitarán décadas. La Unión Europea no puede demandar a los bosnios que convivan felizmente después de lo que pasó en los 90. Haber conseguido una situación estable ya es un primer paso”.

Hay aspectos que Dayton no pudo solucionar. “Se pueden mencionar las tensiones diarias entre comunidades. Por ejemplo, apenas hay matrimonios mixtos entre diferentes nacionalidades, lo cual era muy común antes de la guerra”, certifica Destremau, quien recuerda que “si la guerra es una continuación de la política por otros medios, lo opuesto también es cierto”.

¿Qué está pasando?

FOTO 3: Alma Telibecirevic (autor: Vanja Cerimagic)

FOTO 3: Alma Telibecirevic (autor: Vanja Cerimagic)

En Berlín, desde hace unos años, resulta sencillo encontrar fiestas en las que se pincha música balcánica. No se trata de folclore al uso, sino de música electrónica. Los pinchadiscos seleccionan ‘samplers’ con ritmos de los Balcanes y los utilizan para crear canciones sin fin que se bailan frenéticamente y siempre en un in crescendo continuo. Los jóvenes alemanes, así como el resto de nacionalidades que pueblan el heterogéneo Berlín, lo han aceptado como propio y ya no es raro encontrar fiestas dedicadas en exclusiva a este tipo de música. Tampoco le resulta extraño a nadie que en pleno centro de Berlín haya una discoteca llamada como la capital de la república de Srpska: Banja Luka.

Tanta influencia balcánica puede deberse a que durante los años 90 Alemania fue el país que más esfuerzos hizo a la hora de acoger a refugiados de la guerra de Bosnia. En total, 320.000 personas procedentes de este país accedieron a Alemania huyendo del conflicto. Muchos de ellos, como Anela Alić, eran solo unos niños: “Nací en Sarajevo y viví allí hasta que comenzó la guerra. Justo en ese momento mi madre y yo, todavía como bebé, nos encontrábamos en Gorazde, la ciudad natal de mi madre. Dejamos Gorazde y nos mudamos a Constanza, en Alemania”. Estuvo viviendo en Alemania hasta que cumplió los siete años, momento en el que su familia decidió volver a Sarajevo. Al cabo del poco tiempo, tuvieron que cambiar de nuevo de ciudad: “ni mi madre ni mi padre fueron capaces de encontrar un trabajo en Sarajevo, así que mi madre decidió buscar en su ciudad natal. Nos mudamos juntas y luego vinieron mi padre y mi hermano. Viví en Gorazde durante ocho años”.

A Anela todavía le esperaban algunos cambios más: “en mi segundo año de instituto solicité entrar en centro ‘United World College’ de Mostar, una población de Bosnia-Herzegovina donde pasé dos años de mi vida. Después de graduarme decidí marcharme adonde la mayoría de mis amigos estaban yendo, Estados Unidos. Nunca lo había pensado y no me había atraído la idea, pero las circunstancias en Europa y otras cuestiones escolares me llevaron a vivir en Maryland. Han pasado ya tres años desde que me mudé a Estados Unidos”.

Anela tiene ahora 21 años y se podría confundir con cualquier estudiante americana de su edad. Todo parece felizmente normal en su vida hasta que se le pregunta cómo le afectó la guerra: “la agresión en Bosnia me afectó doblemente. Por un lado tuve que pasar la mayoría de mi infancia en Alemania, lejos de mi familia y de mi padre, que permaneció en Sarajevo. Por otro lado, mi abuelo fue asesinado en Gorazde y yo nunca tuve la oportunidad de conocerle. Soy afortunada de que nada más le ocurriera a otro miembro de mi familia”.

A pesar de la distancia y del hecho de que estudia Artes, Anela no se ha despreocupado de las cuestiones políticas de su tierra. “Como hija de dos yugoslavos que nunca prestaron atención al nombre o la religión de la gente, fui educada en una familia antinacionalista. Mi padre y mi madre vivieron en el mismo edificio junto con serbios, croatas, judíos y musulmanes. Fui muy ingenua al pensar que el resentimiento había desaparecido y que no existía. Cuando me marché al instituto en Mostar y viví con niños que procedían de zonas donde solo había croatas o serbios, me di cuenta de que la ira existía. Nunca entre mis amigos y yo, pero podía ver la rabia desde diferentes ángulos. Conforme me voy haciendo mayor puedo ver multitud de personas de los tres grupos que siempre estarán frustradas y enfadadas. ¿Quién no lo estaría? Ninguno de nosotros vive bien; la República de Srpska, la Federación de Bosnia y la zona croata viven bajo las mismas dificultades. No hay trabajos, la economía y la agricultura están bajo unas circunstancias terribles. Además, tenemos tres presidentes y nadie está satisfecho con ellos. La división en Bosnia-Herzegovina en la República de Srpska y la Federación de Bosnia demuestra cuánto resentimiento hay entre la población”.

Anela piensa que la división de Bosnia en dos entidades políticas “fue la única buena solución para ambas partes en 1995”, pero duda de que sea buena ahora. “Está segregándonos más y más. Los políticos serbobosnios quieren separarse del país, por eso nuestra educación, economía, política y todo lo demás son diferentes en las dos partes. Los niños de la República de Srpska no tienen ni idea de lo que está ocurriendo en la Federación, y viceversa. Tengo la sensación de que estamos educando a las nuevas generaciones en el odio y la división”.

Srđan Beronja tiene 22 años y procede del lado serbo de Bosnia. Durante su infancia tuvo que mudarse junto con su familia varias veces dentro de la región para evitar la zona de conflicto, hasta establecerse en Banja Luka, ciudad en la que vivió hasta el año 2010. Desde entonces se encuentra en Estados Unidos, estudiando Relaciones Internacionales y Economía en la Universidad de Brown. Srđan, que responde a las preguntas en un correcto castellano, coincide con Anela en la actual ineficacia de la división política del país: “pienso que la solución de dividir Bosnia en dos entidades políticas fue positiva en ese momento, para parar el conflicto, pero ahora es un poco redundante, porque hace al gobierno demasiado ineficiente. Ahora me parece como un juego político, que exacerba las divisiones, en lugar de intentar resolverlas y trabajar en estrategias económicas positivas. El gobierno siempre ha usado el nacionalismo y las divisiones políticas, de modo que las personas se concentran en eso y se olvidan de los fracasos económicos constantes que el actual gobierno ha hecho”.

Srđan también encuentra problemas en otros niveles: “desafortunadamente, muchos jóvenes parecen nacionalistas hoy en día, sin realmente entender el porqué y sin buenas razones, aunque muchos menos que antes. Eso ocurre más a menudo en las comunidades más pequeñas, cerradas. Gracias a los viajes, los eventos mutuos, Internet, el sentido común y algunas escuelas, como por ejemplo el ‘United World College’ de Mostar, esto está mejorando”.

No obstante, la experiencia del ‘United World College’ no predomina en Bosnia. Como recuerda Alma Telibecirevic, lo normal es que haya “dos colegios bajo un mismo techo”. Una parte para los niños serbios y otra para los croatas y bosniacos. Para Alma las consecuencias del conflicto “no están para nada cerradas”. Bosnia-Herzegovina, desde su punto de vista, todavía “está muy dividido y cualquiera puede sentir eso en el ambiente”.

Alma apenas era una adolescente cuando comenzó la guerra. Nació en Sarajevo en el año 1978 y recuerda la ciudad de su niñez como “una localidad muy hippie, llena de música y buen ambiente. Yo era pequeña pero me acuerdo de los Juegos Olímpicos del 84 y toda aquella atmósfera”. La zona de la ciudad en la que ella vivía fue ocupada y su familia tuvo que marcharse, “así que dejamos todas nuestras cosas atrás y nos convertimos en refugiados. Mi padre fue asesinado por un francotirador a finales de 1992. Yo tenía entonces 14 años”.

Alma, artista y con una larga experiencia organizando festivales y proyectos culturales, sigue enamorada de la ciudad: “Sarajevo es una de las ciudades más bonitas del mundo. No es ni grande ni pequeña, tiene el espacio suficiente para llevar una vida decente. Hay una mezcla del oeste y el este, de hecho mucha gente la llama ‘la Jerusalén europea’, ya que en un barrio de 500 metros puedes encontrar templos ortodoxos, católicos, judíos y musulmanes. La comida es genial y la gente es muy amigable”.

A pesar de toda esta riqueza cultural, Alma señala que “mucha gente joven quiere marcharse”. La razón: “parece que la situación en Bosnia-Herzegovina nunca ha sido peor… El porcentaje de población que no tiene trabajo es altísimo. La Unión Europea ha dicho que no estamos haciendo ningún progreso y están cortando las ayudas. Nadie invierte aquí. Es un país enormemente corrupto, muy dividido y, de acuerdo con los estudios, hemos caído al último puesto en desarrollo económico de Europa. La mayoría de los jóvenes bosnios quieren marcharse, incluida yo, si veo una oportunidad”.

Anela, por su parte, solo encuentra una solución: “la clave está en la educación de nuestros hijos, propulsar los valores morales y los aspectos positivos, dejando a un lado el odio entre los diferentes grupos étnicos. Nuestro país es muy joven y ha pasado relativamente poco tiempo desde que la guerra terminó, por lo que es comprensible que haya gente que todavía está dolida y no quiera cooperar, por eso necesitamos trabajar en nuestro futuro y en las generaciones que vendrán”.

AGRADECIMIENTOS:

Quería agradecer a Alic Anela, Srđan Beronja, Emir Bihorac, Laja Destremau, Una Hajdari, Maria Hardt, Enesa Mahmic, Cristina Marí, Milena Nikolic, Nada Nowicka, María José Pérez, Alfons Rodríguez, Gervasio Sánchez, Xavier Servitja y Alma Telibecirevic por tener la inmensa amabilidad de contarme su visión sobre los acontecimientos o por ayudarme a ponerme en contacto con las personas adecuadas. Algunas declaraciones no han podido ser incluidas por razones de espacio y concisión; no obstante, sin su ayuda no habría podido conseguir lo que he intentado hacer: un retrato de la actual y compleja situación de la maravillosa Bosnia-Herzegovina, así como un alegato al sinsentido de la guerra.

Autor

J. Ignacio Urquijo Sánchez (España)

Estudia / Trabaja: Periodismo y Relaciones Internacionales

Habla: español, inglés, alemán

Europa es… una mezcla de increíbles culturas, desde Shakespeare hasta Cervantes, desde el monasterio de Rila hasta el atardecer en Roque Nublo

Blog: www.ignaciourquijo.wordpress.com

Twitter: @nachourquijo

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Author: maria

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